Por la siguiente chica

CUENTO

Quisiera decir que esta historia sucedió a mis dieciséis años, cuando la inocencia y falta de experiencia podría ser una justificante. Pero no. La razón por la que esta historia es importante es porque no éramos unos niños. Tampoco unos adultos, pero sí una pareja plena y vigorosa en sus veintes.

 

Es importante porque después de meses de encuentros, por fin sucedería, y se lo dije:

─ Me vengo, – le informé con un gemido.

Y su respuesta fue, ¡oh, su respuesta!:

─ ¿Las mujeres se vienen?

 

Cuatro palabras, confusión mutua por razones completamente distintas. Me detuve al instante. Este tipo no se merecía una respuesta, puta madre, no merecía mis aguas, mi cuerpo, ni un gemido más. Lo que él merecía era  la leche atorada, unos testículos adoloridos y la amargura de la frustración. Eso merecía.

Me levanté. Su respiración acelerada me acompañó mientras me vestía. No lo miré. Pero podía vislumbrar la confusión adornando su rostro.

Al tomar mi bolso le eché un último vistazo. Tenía que contestar su pregunta, no por él, sino por su ingenuidad, por la siguiente chica.

─ Sí, también nosotras nos venimos.

John y Nancy

CUENTO

Actualización 21/ENE/2019: ¡Apenas me di cuenta que publiqué una versión de borrador! Esta es la versión final.

El día de mi cumpleaños número treinta y dos enviudé. No lo supe en ese momento. Apenas hoy me vengo a enterar; esta mañana, no lo hubiera imaginado. Era una salida rutinaria, una inspección a los alrededores para mantener nuestra seguridad, Eric me acompañó a pesar de pedirle que no lo hiciera. Era un tipo amable, bueno para platicar pero terrible para defenderse, así que le dejé la pistola y yo tomé las cuchillas de unas tijeras de jardinería, eran ridículas y efectivas.

Durante nuestro corto paseo la vi.

La vi con nuestro vestido favorito. El rosa. “Es salmón” escuché la voz de Nancy en mi cabeza. Yo lo veía rosa y le quedaba perfecto, lo traía puesto el día que nos conocimos, y también cuando desperté el día de mi cumpleaños.

— Tengo algo que hacer pero regresando mi día es tuyo, – se despidió lanzando un beso.

No la volví a ver.

 

Nancy y yo amábamos los zombies. Veíamos las películas, las series, teníamos la Guía de Supervivencia casi deshojada de tantas leídas e incluso un plan de acción en caso de un apocalipsis zombie. Pero nunca consideramos que llegaría aquel día, conmigo en ropa interior y que tocara a la puerta de la casa. En realidad, fue el vecino que golpeó la puerta al caer de bruces y me topé con su cuerpo destrozado por su mujer que, al verme, se lanzó contra mí. Cuando estás en calzones y la vecina te persigue, los planes se esfuman y lo único que puedes hacer es huir. O al menos ese fue mi caso y lo que me trajo aquí, meses después, refugiado con otros sobrevivientes, de treinta y dos años, viudo.

 

Y después de todo este tiempo ahí estaba, con ese vestido y el cabello revuelto. Cubierta de sangre y suciedad. El olor de sus entrañas era claro aún a la distancia. El aire se me escapó sin notarlo.

Eric estaba unos pasos más atrás, observándola acercarse, nervioso y en silencio. Él no sabía quién había sido ella. Quién era. ¿Podría ser qué Nancy siguiera dentro de ese cuerpo en descomposición? Tal vez sus recuerdos estaban atrapados en un cerebro atrofiado. Tal vez ella también me había reconocido y por eso venía hacía mí. Incluso podría estar intentando llamarme, pero su boca descarnada se lo impedía.

Ya sólo nos separaban un par de metros cuando la escuché.

 

— Johnny…

 

Su voz era tan clara como siempre, tan suave que parecía ser susurrada a mi oído.

 

— Espera, – ignoré a mi compañero que intentó detenerme cuando caminé hacia ella.

 

No era mi imaginación ¿o sí? ¿Acaso no estaba Nancy en el fondo de esos ojos opacos? Debajo de esa piel desgastada. La tomé de los hombros y sus siseos se hicieron más fuertes.

 

— Nancy, – era ella. Toda ella. Con su cabello revuelto y nuestro vestido favorito. Había regresado y era mía por el resto del día. Por el resto de nuestros días. La besé, la besé como lo hubiera hecho el día de mi cumpleaños si el fin del mundo nos hubiera avisado de su llegada. Un encuentro de piel y dientes. De ansiedad y abandono.

 

Una explosión entre nosotros me obligó a soltarla. Su cara en descomposición se encontraba ahora bañada en una mezcla de sangre negra y roja brillante. Sus ojos opacos seguían abiertos pero, ahora sí, estaban muertos y yacía inerte entre mis manos.

 

Un líquido pegajoso y caliente se deslizaba por mi cara y entonces lo entendí. Eric había disparado. Y por una vez, el estúpido, había acertado. Caí con Nancy entre mis brazos. Y lo juro, la escuché suspirar.

 

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El Océano

CUENTO

Cerró la puerta tras ella.

Detrás había comida fría, promesas rotas y gritos que aún rebotaban en las paredes. Aquella casa era la obra negra de un hogar. Una pecera que le quedaba chica.

Echó un último vistazo a la fachada. La pintura desgastada y el óxido en las ventanas parecían pedirle que se quedara. Pero no lo haría. Nunca volvería.

El océano era grande y ella también.

 

 

 

Originalmente publicado en la Revista Sputnik en mayo del 2018.

 

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